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En record a Elías Campo Villegas, recent Premi Puig Salellas 2022 a títol pòstum

Amb motiu del guardó concedit a títol pòstum a Elías Campo Villegas, el Premi Puig Salellas 2022 del Col·legi Notarial de Catalunya, i al fet que el dimarts 27 de desembre es faci una missa funeral pel seu record -19.00 hores a l’església de Sant Blai de Tortosa-, recuperem un article publicat a la premsa local per part de l’il·lustre secretari judicial, jutge, notari, advocat i jurista vocacional amb especials arrels tortosines. En concret és un text publicat al número 1046 del setmanari LA VOZ DEL BAJO EBRO el 16 de setembre de 1977. Elias Campo Villegas va morir el passat 30 de juliol de 2002 a Boltaña (Osca) als 95 anys.

DEL PIRINEO A TORTOSA

Dos constantes entrelazadas han sido siempre la montaña y el valle. Orográficamente ¿cómo imaginar éste sin aquéllas?. Humanamente, la interrelación de sus gentes se ha perpetuado a lo largo de los siglos en mutuo beneficio.

 Cuando el Pirineo se levanta, nace el valle del Ebro. La naturaleza vestirá las cumbres de aquél con ropaje blanco y sus glaciares constituirán la reserva hidrográfica que el valle precisa en el estío. Desde Fontibre a la Cerdaña, y desde la sierra de Albarracín al macizo de la Maladeta las aguas llegan al Bajo Ebro. Muchas de ellas, como dice la conocida “jota”, tras reverenciar a la Virgen del Pilar, besarán su Cinta en Tortosa.

 Mas aquellas aguas no vienen a Tortosa con las manos vacías. Traen la ofrenda de todas sus comarcas arrastrando parte de sí mismas, aportando a sus pies tierras y limo para que se engrandezca su término, enriqueciéndolo en extensión y calidad.

 De entre todas aquellas montañas, pienso ahora en unas muy concretas. En las mías. Y al utilizar el posesivo “mías” soy consciente de que realizo una inversión gramatical de conceptos. Las llamo “mías” porque me considero que soy “de éllas”. Cuando hablo de “mí” madre lo hago, no porque ella me pertenezca, sino en cuanto estimo que yo procedo de esa mujer.

 Y digresiones de léxico aparte, al recordar el Pirineo, me centro en el nacimiento del Cinca, en el glaciar del Monte Perdido y los valles que se inician a sus dos costados de Ordesa y Pineta, prolongándose hacia los pueblos de Laspuña y Boltaña. Me es gozoso pensar que algo de esta tierra tortosina en que vivo hoy, constituyó antaño parte del solar de mis antepasados.

 Pero no es la orografía el objeto de estas líneas, sino de los hombres ligados a ella. Aquéllos son los que me apasionan y frecuentemente ocasionan mi admiración. En aquellos pueblos del Alto Aragón, de excepcional riqueza arbórea, no hace más de dos generaciones, ascendientes de nuestra familia, juntaban y entrelazaban los troncos de las cortas forestales, y encima de aquellas almadías, en viaje de epopeya por el Cinca, Segre y Ebro, alcanzaban Tortosa, dejando en su ribera derecha el fruto de sus bosques y de su impresionante esfuerzo. Aquellos hombres, a través del río,  reiteraban  la  aportación  de sus montañas a la comarca tortosina. El vehículo, de unión, el mismo, el agua. Para ellos algo más que tierra: su trabajo, y en ocasiones la tragedia de alguna vida en tal hazaña. Mas su gesta no terminaba en Tortosa, debiendo regresar a sus hogares; pero el viaje de vuelta ya no por el río; simplemente por su orilla, así de sencillo, así de heróico: a pie.

Cuanto antecede lo escuché de “mis viejos” siendo niño, arriba en los altos valles. Entonces supe de la existencia de Tortosa. En la infancia admiraba a esos ancianos como dioses de leyenda; e imaginaba a Tortosa como la gran tierra donde ellos eran retribuidos, donde el trabajo lograba su fruto. Pero al verlos viejos y no ricos sentía una duda que jamás les consulté: ¿de qué manera se les recibía en Tortosa? ¿Como héroes? ¿Como oscuros menestrales, sucios y llenos del barro del río?. La imagen de aquella Tortosa me fascinaba. Una tierra con cultivos desconocidos para mí: los arrozales, algarrobos y naranjos la presentaban con fantasía de lo exótico. Supongo que mi curiosidad por ella sería análoga la de quienes siglos atrás escuchaban relatos de viejos comerciantes y navegantes que volvían de Oriente o las Indias.

 Por las narraciones sobre Tortosa llegué a creer que la conocía. Me enteré del Vapor “Anita”, de casas de juego y alegría inquietante que turbaban mi aldeana mentalidad.

 Imaginaba conocer Tortosa. Pero desde luego que no la quería. Sentimiento de amor por supuesto que no existía. Curiosidad, mucha. Ignoraba el axioma de psicología social según el cual no puede amarse lo que no se conoce. Habían de pasar muchos años para comprobarlo. Después he ido averiguando que la base del querer radica en el conocer.       Y ello en toda relación humana: entre padres e hijos, en el matrimonio, entre vecinos, o socios, etc.

 Pasaron los años; y la ruleta administrativa de los escalafones me trajo a esta ciudad con la nueva familia recién creada. Tortosinos habían de nacer los futuros hijos; de angustia espantosa las noches en que temí perder alguno de ellos; de maravillosa felicidad los días en que pude ser útil a mi actual sociedad; monótonas y grises muchas horas de labor rutinaria. Más de veinte años en esta rueda de noria. Ahora sí conocía Tortosa, porque descubrí a sus gentes. Y sin percatarme fuimos amándola: a sus tierras y a sus hombres. Y naturalmente fuimos correspondidos, porque aquel sentimiento siempre es devuelto por reflejo.

Y es al cabo de una vida como he sabido la manera que Tortosa recibía a nuestros antepasados cuando traían desde el Pirineo su madera y esfuerzo.

 Hoy me siento orgulloso de haber aportado yo también, desde el Alto Aragón, algo a Tortosa: nuestra familia, trabajo y vidas. Así me parece seguir la tradición de aquellos viejos maderistas; así creo continuar la ley de la naturaleza que por el río arrastraba a esta comarca la tierra de sus montañas.

 Y si de niño dudé sobre cómo recibe Tortosa a quienes llegan del Pirineo, hoy, en estas fiestas de la Virgen de la Cinta, nuestra familia ha quedado perpleja y halagada al recibir en uno de sus miembros un honor que jamás hubiera intuido pudiera tributarle la ciudad.

ELÍAS CAMPO VILLEGAS

( Artícle publicat a LA VOZ DEL BAJO EBRO, número 1046 el 16 de setembre de 1977 )

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